Esta fue la primera impresión que tuve, y luego, para cuando hube apartado la cara del parabrisas, me di cuenta de que este grupo de personas tenía un núcleo, algo en torno a lo cual se concentraba. Me puse en pie, intentando mirar por encima de las cabezas de la multitud, pero no pude ver nada.
Saltando hacia la entrada de coches, me abrí paso entre la multitud.
Boca abajo sobre la grava blanca yacía un hombre estirado —un hombre delgado con ropa oscura— y justo por encima del cuello, donde la cabeza y el cuello se unen, había un agujero. Me arrodillé para mirarle la cara.
Luego volví a abrirme paso entre la multitud, regresando a donde Axford acababa de bajar del auto, cuyo motor seguía encendido.
“¡Pangburn ha muerto, lo han matado a tiros!”