Un muchacho simpático, de buena musculatura a pesar de su delgadez, de cabello liso, con rostro y modales de caballero, agallas, rapidez de mente y manos, lleno de esa alegría despreocupada propia de su juventud. Tenía la cabeza llena de pájaros, por supuesto, y necesitaba que le pusieran coto, pero prefería trabajar con él que con muchos veteranos que conocía.
Pasó media hora sin nada que me interesara.
Entonces un muchacho entró en el local de Healy desde la calle—un crío pequeño, vestido de forma llamativa, con el pantalón muy planchado, los zapatos muy brillantes, y una cara cetrina y descarada de rasgos marcados. Este era el chico que yo había visto paseando por Broadway un momento después de que se hubieran cargado a Beno.
Reclinándome en mi silla de modo que la cabeza con sombrero ancho de una mujer quedara entre nosotros, observé al joven armenio serpenteando entre las mesas hacia una en un rincón apartado, donde tres hombres estaban sentados. Les habló —con indiferencia— quizás una docena de palabras— y se alejó hacia otra mesa donde un hombre de nariz chata y cabello negro se sentaba solo. El chico se dejó caer en la silla frente al de nariz chata, pronunció unas pocas palabras, se burló de las preguntas del de nariz chata y pidió una bebida. Cuando su vaso estuvo vacío, cruzó el salón para hablar con un hombre enjuto, con cara de zopilote, y luego salió del establecimiento de Healy.
Lo seguí hacia afuera, pasando junto a la mesa donde Jack estaba sentado con la chica, cruzando una mirada con él. Afuera, vi al joven armenio a media manzana de distancia. Jack Counihan me alcanzó, me pasó de largo. Con un cigarrillo Fatima en la boca, lo llamé:
“¿Tienes fuego, hermano?”
Mientras encendía el cigarrillo con una cerilla de la caja que me dio, hablé cubriéndome la boca con las manos: