—¡El vulgar Djudakovich! —dijo Einarson con franco desprecio—. ¿Te resulta de agrado?
—No trabajo, no se come —dije.
—Einarson —comenzó Grantham rápidamente, dudó, dijo—: ¿No podríamos... no cree usted...? —y no terminó.
El coronel me frunció el ceño, vio que me había dado cuenta, se aclaró la garganta y se dirigió a mí con un tono áspero y cordial:
“Tal vez sería bueno que no te comprometiese con tanta rapidez con este ministro gordo. Puede ser —existe la posibilidad de que conozcamos otro campo donde tus talentos puedan encontrar un empleo más de tu agrado— y provecho”.
Dejé el asunto así, sin decir ni que sí ni que no.