Con la comida dentro de mí y un cigarrillo encendido, salí de nuevo a la calle torcida.
Del Palacio de la Frontera llegaba el chasquido de las bolas de billar. Seguí el sonido a través de la puerta.
En una amplia habitación, cuatro hombres estaban inclinados sobre un par de mesas de billar, mientras otros cinco o seis los observaban desde unas sillas junto a la pared.
A un lado de la sala había una barra de roble, sin nadie detrás.
A través de una puerta abierta al fondo llegaba el sonido de unas cartas al barajarse.
Un hombre grandote cuya panza iba enfundada en un chaleco blanco, sobre una camisa en cuyo peto brillaba un diamante, se acercó a mí; su rostro rojo de triple papada se dilataba en la sonrisa profesionalmente jovial de un estafador.
“Soy Bardell —me saludó, extendiendo una mano gorda y de uñas brillantes en la que relucían más diamantes—. Este es mi establecimiento. ¡Me alegro de conocerlo, sheriff! ¡Por Dios que lo necesitamos, y espero que pueda pasar mucho tiempo aquí. Estos vaqueros” —y soltó una risita, asintiendo hacia los jugadores de billar— “a veces se me ponen bellacos, y me alegra que vaya a haber alguien por aquí capaz de controlarlos”.
Lo dejé agitar mi mano de arriba abajo.
—Déjame presentarte a los muchachos —siguió diciendo, volviéndose con un brazo sobre mis hombros—. Estos son jinetes del Circle H.A.R.