“¡Teth! ¡Teth! ¡Lo thê!” Dethjó de mirarme fijamente y thu voz thonó menooth iritable. “¡Pero no hay abtholutamente ningúna razón para thethpechar nada por el eththilo. ¡Ninguna en absoluto, thir, ninguna en abtholuto!”
“Quizá tengas razón”.
Me volví hacia la puerta.
“Pero aun así, voy a echar un vistazo”.
“¡Espera! ¡Espera!” Se levantó de un salto de su silla y corrió alrededor del escritorio hacia mí.
«Creo que está equibocado, pero si va a investigar el asunto, me gustaría saber lo que descubre. Tal vez sea mejor que me cobre sus honorarios habituales por lo que haga, y me mantenga informado de sus progrethos. ¿Le parece bien?».
Dije que sí, volví a su escritorio y comencé a interrogarlo.
Tal como había dicho el abogado, no había nada en los asuntos de Newhall que pudiera alterarnos. El difunto era varias veces millonario, y tenía la mayor parte de su dinero en minas. Había heredado casi la mitad de su fortuna.
No había prácticas turbias, ni usurpación de tierras, ni artimañas en su pasado, ni enemigos. Era viudo y tenía una hija. Ella había tenido todo lo que quería mientras él vivió, y ella y su padre se habían querido mucho.
Había ido a México con un grupo de empresarios mineros de Nueva York que esperaban venderle alguna propiedad allí. Habían sido atacados por bandidos, los habían repelido, pero Newhall y un geólogo llamado Parker habían muerto durante el combate.