Acoquinado contra la pared junto a la puerta, guardé la bolsa de seda y lamenté no haberme quedado pegado al suelo detrás del francés.
Esta habitación estaba a oscuras. No había estado a oscuridad cuando la mujer apagó las luces de la sala de estar. Todas las habitaciones del apartamento habían estado iluminadas entonces. Todas estaban oscuras ahora.
Sin saber quién las había oscurecido, aquello no me gustaba nada.
No salía ningún sonido de la habitación que había abandonado.
El susurro de una lluvia mansa provenía de una ventana abierta que no alcanzaba a ver, a un lado.
Otro sonido vino desde detrás de mí.
El repiqueteo amortiguado de dientes contra dientes.
Eso me animó. Inés la terrorífica, claro. Había dejado el salón a oscuras y apagado el resto de las luces. Tal vez no hubiera nadie más detrás de mí.
Respirando en silencio por la boca abierta de par en par, esperé. No podía buscar a la mujer en la oscuridad sin hacer ruido. Maurois y el Chaval habían desparramado muebles y trozos de muebles por todas partes. Ojalá supiera si llevaba un arma. No quería que me acribillara a balazos.
Sin saber, esperé donde estaba.
Sus dientes siguieron castañeando durante minutos.
Algo se movió en la salita.