El miedo centelleó en sus ojos gris humo, y volvió a desaparecer, y habló con despreocupación:
—No seas tan gallina —dijo—. Tu precioso cuello puede arreglárselas perfectamente sin tanta protección.
Las cortinas se separaron, y giré la cabeza todo lo que pude para echar un primer vistazo a aquel hombre que era responsable de que todavía siguiera vivo.
Vi a un hombre bajo y gordo, con sombrero y abrigo de calle, y que llevaba una bolsa de viaje marrón en una mano.
Luego su rostro entró en el círculo amarillo de luz, y vi que era un rostro chino. Un chino bajito y regordete, impecablemente vestido con prendas que eran tan británicas como su acento.
—No es cuestión de color —le dijo a la chica, y ahora comprendía yo todo el aguijón de su pulla—; es simplemente una cuestión de prudencia corriente.
Su rostro era una máscara redonda y amarilla, y su voz tenía el mismo tono monocorde y sin emociones que yo le había escuchado antes; pero sabía que él estaba tan indudablemente bajo el influjo de la muchacha como el hombre feo, o no habría permitido que las burlas de ella lo arrastraran a la habitación. Pero dudaba que ella encontrara a este oriental anglicizado tan fácil de manejar como a Hook.
—No había ninguna necesidad en particular —el chino seguía hablando— de que este tipo nos hubiera visto a ninguno de nosotros.
Me miró ahora por primera vez, con unos ojitos opacos que parecían dos semillas negras. —Es muy posible que no conociera a ninguno de nosotros, ni siquiera por descripción. Esto de dejarnos ver por él es la mayor sarta de estupideces.