alejaron; dejando a mi hombre parado al borde de la acera con una mueca de disgusto en la nariz. Había una parada de taxis a la vuelta de la esquina, pero o bien no lo sabía o no tenía suficiente dinero para pagar la tarifa.
Esperaba que entonces volviera a la calle Laguna, pero no lo hizo. Me condujo por la calle Kearny hasta la calle Portsmouth, donde se estiró en el cèsped, boca abajo, encendió una pipa negra y se quedó mirando abatido el monumento a Stevenson, probablemente sin verlo.
Me tendí sobre un cómodo trozo de césped a cierta distancia —entre una mujer china con dos niños perfectamente redondos y un anciano portugués con un traje de alegres cuadros— y dejamos pasar la tarde.
Cuando el sol bajó lo suficiente como para que el suelo se enfriara, el hombrecito se levantó, se sacudió y regresó por la calle Kearny hasta una lonchería económica, donde comió frugalmente.
Luego entró en un hotel a pocos pasos de distancia, tomó una llave de la hilera de ganchos y se desvaneció por un pasillo oscuro.
Al repasar el registro, descubrí que la llave que se había llevado pertenecía a cuya habitación estaba ocupada por «John Boyd, St. Louis, Mo.», y que había llegado el día anterior.
Este hotel no era de los que ofrecen la seguridad de hacer preguntas, así que volví a bajar a la calle y fui a pararme en la esquina cercana menos llamativa.
Llegó el crepúsculo y se encendieron las luces de las calles y de las tiendas. Oscureció. El tráfico nocturno de la calle Kearny subía y bajaba pasando junto a mí: muchachos filipinos con sus atuendos demasiado elegantes, rumbo a la inevitable partida de blackjack ;