La puerta de la calle y la ventana delantera de la planta baja habían sido tapiadas y apuntaladas como las de atrás. No quise arriesgarme a abrirlas, por muy claro que estuviera ya.
Así que subí, fabriqué una bandera de blanca de una funda de almohada y un listón de la cama, la colgué por una ventana, esperé hasta que una voz ronca dijo: «Muy bien, di lo tuyo», y entonces me mostré y le dije a la policía que les dejaría entrar.
Me costó cinco minutos de trabajo con una hacha destrabar la puerta principal. El jefe de policía, el capitán de detectives y la mitad de la fuerza estaban esperando en los escalones de la entrada y en la acera cuando abrí la puerta.
Los llevé al sótano y les entregué a Big Flora, a Pogy y a Red O’Leary, junto con el dinero. Flora y Pogy estaban despiertos, pero no hablaban.
Mientras los dignatarios se amontonaban en torno al botín, subí al piso de arriba. La casa estaba llena de sabuesos de la policía. Intercambié saludos con ellos al pasar hacia la habitación donde había dejado a Nancy Regan y al viejo chiflado. El teniente Duff estaba probando la puerta con llave, mientras O’Gar y Hunt se quedaban de pie detrás de él.
Sonreí a Duff y le entregué la llave.
Abrió la puerta, miró al anciano y a la chica—sobre todo a ella—y después a mí. Estaban de pie en el centro de la habitación. Los ojos descoloridos del viejo reflejaban una preocupación patética; los azules de la chica, una oscura ansiedad. La ansiedad no le afeaba el rostro ni lo más mínimo.