habíamos visto, caminaron juntos, codo con codo, hasta la calle Green, donde doblaron hacia el este bordeando la Colina del Telégrafo. Medio tramo de esto, y subieron los escalones de la entrada de una casa destartalada de habitaciones amuebladas y desaparecieron dentro. Me reuní con Jack Counihan en la esquina donde se había detenido.
—Los saludos ya han sido entregados —aduné—, o no habría llamado a su guardaespaldas. Si no pasa nada en la próxima media hora, me largo. Tendrás que vigilar el chiringuito hasta la mañana.
Veinte minutos después, el rompecráneos salió de la casa y caminó por la calle.
“Yo me quedo con este —dije—. Ocúpate tú del otro bebé”.
El rompecráneos dio diez o doce pasos desde la casa y se detuvo. Miró hacia atrás, alzando el rostro para contemplar los pisos superiores. Entonces Jack y yo pudimos oír lo que lo había detenido. Allá arriba en la casa, un hombre estaba gritando. No era gran cosa de grito en cuanto a volumen. Incluso ahora, cuando había ganado fuerza, apenas llegaba a nuestros oídos. Pero en él —en aquella única voz suplicante— todo lo que teme a la muerte parecía clamar su miedo. Oí a Jack rechinar los dientes. Tengo la piel callosa en todo lo que le queda a mi alma, pero aun así la frente me tembló. El grito era jodidamente débil para lo que decía.
El rompecráneos se movió. Cinco zancadas deslizantes lo devolvieron a la casa. No tocó ni uno de los seis o siete escalones de la entrada. Fue del pavimento al vestíbulo en un impulso que ningún mono habría superado en rapidez, soltura o silencio.
Un minuto, dos minutos, tres minutos, y los gritos cesaron.
Tres minutos más y el rompecráneos volvía a salir de la casa. Se detuvo en la acera para escupir y subirse los pantalones. Luego se alejó contoneándose calle abajo.