Dejé de intentar ganarle en astucia. Su mano izquierda tocó una melodía de tres notas en mi cara antes de que pudiera acercarme a él.
Estampé ambas manos contra su cuerpo y me sentí feliz cuando la carne se hundió blandamente alrededor de ellas. Se apartó más rápido de lo que pude seguirle y me sacudió con un derechazo en la barbilla.
Me propinó unos cuantos más con la zurda —en el ojo, en la nariz. Su derecha me rozó la frente, y volví a meterme en la pelea.
Izquierda, derecha, izquierda, me hundí en su estómago. Me cruzó la cara con el antebrazo y el puño, y se abrió paso.
Me coló unos cuantos izquierdazos más, partiéndome el labio, aplastándome la nariz, escociéndome la cara de la frente a la barbilla. Y cuando por fin conseguí rebasar aquella mano izquierda, me tragué un uppercut de derecha que le nació desde el tobillo para encajarse en mi mandíbula con una sacudida que me hizo retroceder media docena de pasos.
Siguiéndome los pasos, se me vino encima con todo. El aire de la tarde estaba lleno de puños. Hundí los pies en el suelo y detuve el huracán con un par de pujatorios justo por encima de donde la camisa se le metía en el pantalón.
Me volvió a dar con la derecha, pero no tan duro. Me reí de él, recordando que algo le había crujido en la mano cuando asestó ese uppercut, y me le eché encima, machacándolo con las dos manos.
Se volvió a escapar; me destrozó con la izquierda. Ahogué su brazo izquierdo con el mío derecho, me agarré a él y le sacudí con mi propia izquierda, tirando a dar bajo. Su derecha me golpeó de lleno. Dejé que golpeara. Ya no tenía fuerza.
Me volvió a cazar antes de que terminara el combate, con una recta de izquierda alta que silbó al venir. Me apañé para mantenerme en pie, y el