Los planes de Lionel
Me desperté tarde a la mañana siguiente y luego desayuné en mi habitación. Estaba en medio de ello cuando unos nudillos llamaron a mi puerta.
Un hombre fornido con un uniforme gris y arrugado, adornado con una espada corta y gruesa, entró, saludó, me dio un sobre blanco cuadrado, miró con avidez los cigarrillos americanos en mi mesa, sonrió y tomó uno cuando se los ofrecí, volvió a saludar y salió.
El sobre cuadrado tenía mi nombre escrito con una letra pequeña, muy sencilla y redonda, pero no infantil. Dentro había una nota escrita con la misma pluma:
El Ministro de Policía lamenta que los asuntos del departamento le impidan recibirle esta tarde.
Estaba firmado «Romaine Frankl» y llevaba una posdata:
Si le viene bien pasar a verme hoy después de las nueve, tal vez pueda ahorrarle algo de tiempo.
Debajo de esto había escrita una dirección.
Metí la nota en el bolsillo y llamé: «Adelante», a otro par de nudillos que tocaban a la puerta.
Lionel Grantham entró.
Su rostro estaba pálido y tenso.