Solo se sirven auténticos whiskies americanos y británicos de antes de la guerra
Intentaba contar cuántas mentiras cabían en esas nueve palabras, y ya iba por cuatro, con la promesa de unas cuantas más, cuando uno de mis cómplices, el griego, se aclaró la garganta con el ruido de la explosión de un motor de gasolina.
Gooseneck se iba deslizando por la barra, con un mazo para tapones en una mano y la cara de color morado.
Miré a mis asistentes. Sus asentimientos no habrían sido tan terribles si hubiesen venido uno por uno; pero no querían correr el riesgo de que volviera a mirar hacia otro lado antes de poder presentar sus informes. Las tres cabezas se movieron al unísono —una señal que nadie a menos de veinte pies podía pasar, o pasó, por alto— y salieron disparados por la puerta, lejos del hombre de cuello largo y su mazo de tonelero.
Me bebí el vaso de cerveza de un trago, salí del bar con paso tranquilo y doblé la esquina. Estaban agrupados donde les había dicho que esperaran.
“¡Lo conoceríamos! ¡Lo conoceríamos!”, corearon.
—Está bien —los alabé—. Lo hicieron muy bien. Creo que todos llevan un detective nato en la sangre. Aquí tienen su paga. Ahora, si yo fuera ustedes, muchachos, creo que más bien evitaría ese lugar de aquí en adelante; porque, a pesar de la forma tan astuta en que se cubrieron —¡y lo hicieron de maravilla!—, es muy posible que él sospeche algo. De cualquier modo, no vale la pena correr riesgos.
Cogieron su sueldo y se marcharon antes de que yo hubiera terminado mi discurso. Regresé a la Herradura de Oro para estar a mano por si a alguno se le ocurría venderme y volver allí para irse de la lengua con Pescuezo de Ganso.