artificiales. Así que me hice a un lado.
El gordo Thomas Quarre se acercó flemáticamente al chino para cumplir las órdenes de su mujer, y arruinó el asunto a la perfección.
Interpuso su corpulencia entre Tai y el arma de la anciana.
Las manos de Tai se movieron.
Había una automática en cada una.
Una vez más, Tai respondió fielmente a los moldes de su raza. Cuando un chino dispara, sigue disparando hasta que se le vacía el arma.
Cuando tiré de Tai hacia atrás por su gordito cuello y lo estrellé contra el suelo, sus pistolas aún escupían metal; y chasquearon vacías cuando puse una rodilla sobre uno de sus brazos.
No corrí ningún riesgo. Me ocupé de su cuello hasta que sus ojos y su lengua me dijeron que estaría fuera de combate por un tiempo.
Luego miré a mi alrededor.