—Resolviendo el asesinato de Gilmore —le dije—. Venga a verme al ayuntamiento. ¿Podrá localizar a Kelly, el agente que encontró a Gilmore, y traerlo para acá? Quiero que vea a unas personas.
—Eso haré —prometió O’Gar, y colgué.
El «furgón» en el que los tres policías habían respondido a la llamada de Cara Kenbrook nos llevó hasta el Palacio de Justicia, donde fuimos directamente al despacho del capitán de detectives. McTighe, un teniente, estaba de servicio.
Yo conocía a McTighe, y nos llevábamos bastante bien; pero yo no tenía influencia en la política local, y Tennant sí. No quiero decir que McTighe hubiera ayudado a Tennant a tenderme una trampa a sabiendas; pero teniéndome a mí frente al ingeniero municipal adjunto, sabía bien quién saldría beneficiado ante cualquier duda que pudiera surgir.
Me zumbaba y latía la cabeza en ese momento, con chichones por todas partes donde la muchacha me había cascado. Me senté, guardé silencio y me cuidé la cabeza mientras Tennant y Cara Kenbrook, con una gran cantidad de detalles que no habían malgastado en los hombres de uniforme, contaban su historia y mostraban sus heridas.
Tennant seguía hablando —describiendo la terrible escena que había ante sus ojos cuando, atraído por los gritos de la muchacha, había irrumpido en su apartamento—, cuando O’Gar entró en la oficina. Reconoció a Tennant con una ceja alzada y se acercó a sentarse a mi lado.
—¿Qué diablos es todo esto? —murmuró él.
—Un lío precioso —le susurré de vuelta—. Escucha: en esa pistola de cinco centavos del escritorio hay un casquillo vacío. Tráemelo.
Se rascó la cabeza con duda, escuchó las siguientes palabras de la anécdota de Tennant, me miró de reojo y luego se acercó al escritorio y cogió el