Volví al Salón y ayudé a hervir a más prisioneros en aceite hasta eso de las ocho, hora en que mi apetito me recordó que no había comido desde el desayuno. Me ocupé de eso y luego enfilé hacia lo de Larrouy, caminando sin prisa para que el ejercicio no me interrumpiera la digestión. Pasé tres cuartos de hora en lo de Larrouy y no vi a nadie que me interesara particularmente. Había unos cuantos caballeros conocidos, pero no estaban muy deseosos de juntarse conmigo; en los círculos criminales no siempre es saludable que te vean charlando con un sabueso justo después de dar un golpe.
Como allí no obtuve nada, subí por la calle hasta el local de Wop Healy, otro antro. Mi recibimiento fue el mismo: me dieron una mesa y me dejaron en paz. La orquesta de Healy tocaba «Don’t You Cheat» a todo dar, mientras los clientes con veleidades atléticas la bailaban con energía en la pista. Uno de los bailarines era Jack Counihan, que llevaba en brazos a una muchacha fornida y de piel aceitunada, con un rostro agraciado, de rasgos toscos y expresión boba.
Jack era un muchacho alto y esbelto de veintitrés o veinticuatro años que había ido a parar a la plantilla de la Continental unos meses antes. Era el primer trabajo que había tenido en su vida, y no lo habría conseguido si su padre no le hubiera insistido en que, si el nene quería seguir metiendo mano en la hucha familiar, tendría que quitarse de la cabeza la idea de que aprobar una carrera universitaria era trabajo suficiente para toda una vida. Así fue como Jack llegó a la agencia. Pensaba que hacer de detective sería divertido. A pesar de que prefería detener al hombre equivocado antes que llevar la corbata equivocada, era un joven cazaladrones prometedor.