podía saber cómo habíamos acabado el francés y yo. Si lo adivinaba, supondría que el francés había sobrevivido. Lo más probable era que me metiera en la categoría de pringao con Billie, y pensara que el francés podía conmigo. Lo más seguro era que se hubiera cargado al Barbilla y ya lo supiera. Estaba negro negrísimo en la salita, pero a estas alturas ya tenía que saber que él era lo único vivo allí.
Bloqueó la única salida del departamento. Pensaría, entonces, que Inés y Maurois seguían vivos allí dentro, con el botín. ¿Qué haría al respecto?
Ya no quedaba ningún simulacro de sociedad. Eso se había ido con las luces. El Chaval iba tras las piedras. El Chaval iba tras ellas en solitario.
No soy ningún mago para adivinar el próximo movimiento del otro tipo. Pero mi idea era que el Chico vendría tras nosotros, pronto. Sabía —tenía que saber— que la policía venía en camino; pero yo calculaba que estaba lo suficientemente loco como para ignorar a la policía hasta que aparecieran. Pensaría que solo serían un par de ellos—preparados para nada más violento que una fiesta con alcohol. Podría con ellos—o eso creería él. Mientras tanto, vendría por las piedras.
La mujer y yo llegamos a la habitación, la más alejada del apartamento, una habitación con una sola puerta. La oí trastear con la puerta, intentando cerrarla. No podía ver, pero metí el pie en medio.
—Déjala abierta —susurré.
No quería dejar al Chico fuera. Quería acogerlo.
Sobre el vientre, arrastré de vuelta hasta la puerta, busqué el reloj a tanteo y lo apoyé en el alféizar, en el ángulo entre la puerta y el marco. Me aleje reptando de él hasta quedar a seis o u ocho pies de distancia, mirando en diagonal a través de la abertura de la puerta la esfera luminosa del reloj.
Los números fosforescentes no se veían desde el otro lado de la puerta. Estaban orientados hacia mí. Cualquiera que entrara por la puerta—a