sacar los dientes y morder a la hora de los refuerzos. Y vaya si mordieron. Le tendieron una emboscada a la policía y la dejaron hecha unos zorros, tanto a la ida como a la vuelta. Asaltaron los dos bancos a las diez en punto, tomaron toda la manzana, espantaron a la gente sensata y se deshicieron de los demás. El saqueo en sí fue pan comido para una turba de ese tamaño. Veinte o treinta en cada banco mientras los otros custodiaban la calle. No tuvieron más que empaquetar el botín y llevárselo a casa.
—Ahí abajo hay ahora mismo una reunión de hombres de negocios de lo más indignada; agentes de bolsa con los ojos desorbitados y puestos en pie de guerra pidiendo la cabeza del jefe de policía en bandeja.
La policía no hizo ningún milagro, eso seguro, pero ningún departamento de policía está preparado para lidiar con un truco de semejante envergadura, por mucho que se crean que sí.
Todo el asunto duró menos de veinte minutos. Habría, digamos, unos ciento cincuenta matones metidos en el ajo, armados hasta los dientes, con cada jugada trazada al milímetro. ¿Cómo vas a movilizar a suficientes maderos hasta allí, evaluar el percal, planificar tu combate y llevarlo a cabo en ese poquito tiempo?
Es muy fácil decir que la policía debería adelantarse a los acontecimientos, tener una solución para cada emergencia, pero esos mismos pájaros que ahora están ahí abajo gritando: «¡Qué vergüenza!», serían los primeros en chillar: «¡Robo!», si les subieran los impuestos un par de céntimos para comprar más policías y equipos.
—Pero la policía fracasó estrepitosamente—de eso no hay duda—, y a muchos pescuezos robustos les va a rodar la cabeza. Los carros blindados no sirvieron para nada, el lanzamiento de granadas estuvo más o menos al cincuenta por ciento, ya que los bandidos también sabían jugar a eso. Pero la verdadera vergüenza del asunto fueron las ametralladoras de la