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nydus/Continental Op StoriesPublic
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I

“¡No están jugando en Seattle, idiota! ¡Portland! Un hombre que no tiene suficiente civismo para saber dónde está su equipo⁠—”

—¡Para ya, Pete! No tengo tiempo para andar tonterías con tus jueguitos de críos. Un hombre acaba de caer muerto en nuestro local con una de tus llaves de la habitación en el bolsillo—la 540.

El espíritu cívico estalló en las narices de Pederson.

“¿540?” Se quedó mirando el techo. “Ese ha de ser el tal Rounds. ¿Así que palmó, dices?”.

“Muerto. Derrumbado en medio del suelo con una cuchillada. ¿Quién es este Rounds?”

“No sabría decirle gran cosa así a bote pronto. Un hombre alto y huesudo, de piel curtida. No me habría fijado en él de no ser porque tenía un aspecto de muy mal carácter”.

“Ese es el pájaro. Vamos a buscarlo.”

En el mostrador nos enteramos de que el hombre había llegado el día anterior, registrándose como H. R. Rounds, Nueva York, y diciéndole al empleado que esperaba irse dentro de tres días.

No había registro de correo ni de llamadas telefónicas para él. Nadie sabía a qué hora había salido, ya que no había dejado su llave en el mostrador. Ni los muchachos del ascensor ni los botones pudieron decirnos nada.

Su habitación no aportó gran cosa a nuestros conocimientos. Su equipaje consistía en una maleta de piel de cerdo, ajada y llena de cicatrices, y cubierta con las marcas de etiquetas que habían sido arrancadas. Estaba con llave, pero las cerraduras de las bolsas de viaje no sirven de mucho. Esta nos detuvo unos cinco minutos.

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