Sombreado
De vuelta en el hotel, no tuve ningún problema para averiguar que Lionel Grantham ocupaba una suite en la sexta planta y que se encontraba en ella en ese momento. Llevaba su fotografía en el bolsillo y su descripción en la cabeza. Pasé lo que quedaba de tarde y el principios del anochecer esperando echarle un vistazo. Poco después de las siete, lo conseguí.
He stepped out of the elevator, a tall, flat-backed boy with a supple body that tapered from broad shoulders to narrow hips, carried erectly on long, muscular legs—the sort of frame that tailors like. His pink, regular-featured, really handsome face wore an expression of aloof superiority that was too marked to be anything else than a cover for youthful self-consciousness.
Encendiendo un cigarrillo, salió a la calle. La lluvia había cesado, aunque las nubes en lo alto prometían más en breve. Tomó calle abajo a pie. Yo hice lo mismo.
Fuimos a un restaurante muy recargado de dorados a dos manzanas del hotel, donde una orquesta gitana tocaba en un pequeño balcón colgado con poca seguridad en lo alto de una pared. Todos los camareros y la mitad de los comensales parecían conocer al muchacho. Él saludaba con una reverencia y una sonrisa a uno y otro lado mientras caminaba hacia una mesa cerca del fondo, donde dos hombres lo esperaban.
Uno de ellos era alto y de complexión robusta, con espeso cabello oscuro y un frondoso bigote también oscuro. Su rostro encendido y de nariz