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nydus/Continental Op StoriesPublic
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Table of Contents

I

En forma de cuña, Couffignal no es una isla grande, y queda cerca de tierra firme, a la que está unida por un puente de madera.

Su costa occidental es un acantilado alto y recto que se eleva abruptamente de la bahía de San Pablo.

Desde la cima de este acantilado, la isla desciende hacia el este hasta una playa de guijarros lizados que vuelve a adentrarse en el agua, donde hay muelles, un club náutico y barcos de recreo amarrados.

La calle principal de Couffignal, paralela a la playa, cuenta con el banco, el hotel, el cine y las tiendas de costumbre. Pero se diferencia de la mayoría de las calles principales de su tamaño en que está más cuidadosamente arreglada y conservada. Hay árboles, setos y franjas de césped en ella, y ningún letrero llamativo. Los edificios parecen pertenecer unos al lado de otros, como si hubieran sido diseñados por el mismo arquitecto, y en las tiendas se encuentran productos de una calidad a la altura de los mejores establecimientos de la ciudad.

Las calles que se cruzan —que discurren entre hileras de pulcros bungalós cerca de la falda de la cuesta— se convierten en sinuosos caminos cercados por setos a medida que ascienden hacia el acantilado. Cuanto más suben estos caminos, más distanciadas y grandes son las casas a las que conducen. Los ocupantes de estas casas más altas son los dueños y gobernantes de la isla. La mayoría de ellos son caballeros mayores y bien alimentados que, con los beneficios que sacaron del mundo a manos llenas en su juventud guardados ahora a porcentajes seguros, han comprado propiedades en la colonia isleña para poder pasar lo que les queda de vida cuidando sus hígados y mejorando su golf entre los de su calaña. Solo admiten en la isla a los tenderos, trabajadores y demás chusma que se necesiten para atenderlos holgadamente.

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