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nydus/Continental Op StoriesPublic
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II

La casa de los Shan era una gran mansión de piedra rojiza, enclavada entre céspedes cubiertos de césped.

El lugar estaba rodeado por setos a la altura de los hombros por tres lados. El cuarto límite era el océano, que entraba para formar una muesca en la costa entre dos pequeños promontorios rocosos.

La casa estaba llena de tapices, alfombras, cuadros y demás; una mezcla de cosas americanas, europeas y asiáticas. No pasé mucho tiempo dentro. Tras echar un vistazo al armario de la ropa blanca, a la tumba del sótana todavía abierta y a la mujer danesa, pálida y de rasgos bastos, que cuidaba la casa hasta que Lillian Shan pudiera conseguir un nuevo grupo de sirvientes, salí de nuevo al aire libre. Me estuve moviendo por los céspedes durante unos minutos, metí la cabeza en el garaje, donde había dos coches además de aquel en el que habíamos venido desde el pueblo, y luego me fui a perder el resto de la tarde hablando con los vecinos de la muchacha. Ninguno sabía nada. Como estábamos en bandos opuestos del juego, no busqué a los hombres del sheriff.

By twilight I was back in the city, going into the apartment building in which I lived during my first year in San Francisco. I found the lad I wanted in his cubbyhole room, getting his small body into a cerise silk shirt that was something to look at. Cipriano was the bright-faced Filipino boy who looked after the building’s front door in the daytime. At night, like all the Filipinos in San Francisco, he could be found down on Kearny Street, just below Chinatown, except when he was in a Chinese gambling-house passing his money over to the yellow brothers.

Le había prometido una vez, medio en broma, darle al muchacho la oportunidad de hacer de detective privado si surgía la ocasión. Pensé que ahora podía aprovechar sus servicios.

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