timador y de que la carta de Ashcraft no me interesaba. Estaría a salvo —razonablemente a salvo— si dejaba las cosas como estaban. Pero los cabos sueltos me inquietan. Y no siempre se puede contar con que la gente haga y piense lo que uno quiere. Este pájaro era un drogadicto y me había dado un nombre que sonaba falso, así que…
—¿A qué te dedicas? —le pregunté.
—No he estado haciendo nada desde hace un par de meses —charlaba con rapidez—, pero espero abrir un comedor con un tipo la semana que viene.
—Subamos a tu habitación —sugeri—; quiero hablar contigo.
No estaba muy entusiasmado, pero me aceptó. Tenía dos habitaciones y una cocina en un tercer piso. Eran habitaciones sucias y de mal olor. Pendí una pierna de la esquina de una mesa y lo hice señas para que se sentara en una mecedora chirriante frente a mí. Su rostro pastoso y sus ojos atontados estaban inquietos.
—¿Dónde está Ashcraft? —le solté. Él dio un respingo y luego miró al suelo.
—No sé de qué estás hablando —murmuró.
—Más te vale averiguarlo —le aconsejé—, o te van a envolver en una bonita y fresca celda en el manicomio.
—No tienes nada contra mí.
“¿Y qué con eso? ¿Qué te parecería pasar treinta o sesenta días por vagancia?”
«¡Vagancia, un cuerno! —gruñó, mirándome—. Tengo quinientos pavos en el bolsillo. ¿Te parece que puedes detenerme por vagancia?»