Un abrigo color tabaco colgaba a medias de sus hombros. Supe que era Ruth Banbrock antes de darle la vuelta para mirarle el perfil que la tierra había salvado de los pájaros.
Cereghino se quedó mirándome mientras examinaba a la muchacha. Su rostro era melancólico de un modo tranquilo.
El ayudante del sheriff prestó poca atención al cuerpo. Andaba por la maleza, moviéndose de un lado a otro, mirando el suelo.
Volvió cuando terminé mi examen.
“Un disparo”, le dije, “en la sien derecha. Antes de eso, creo que hubo una pelea. Hay marcas en el brazo que estaba debajo de su cuerpo. No tiene nada encima—ni joyas, ni dinero—nada”.
—Eso pasa —dijo Paget—. Dos mujeres salieron del coche allá en el claro y vinieron aquí. Podrían haber sido tres mujeres... si las otras cargaban con esta. No se puede averiguar cuántas volvieron. Una de ellas era más grande que esta. Hubo un forcejeo aquí. ¿Encontraste la pistola?
—No —dije.
—Yo tampoco. Entonces se fue en el coche. Allí hay lo que queda de una hoguera. —Inclinó la cabeza hacia la izquierda—. Papel y harapos quemados. No queda lo suficiente como para servirnos de algo. Supongo que la foto que encontró Cereghino salió volando de la hoguera. Viernes tarde, diría yo, o tal vez sábado por la mañana. … Con más precisión, imposible.
Le creí al sub sheriff. Parecía saber lo que hacía.
—Ven acá. Te voy a enseñar algo —dijo, y me llevó hacia un montoncito negro de cenizas.