—¡Entendido!
Miró alrededor de la habitación a los matones reunidos, se mojó los labios y miró la mano que sostenía su cigarrillo, una mano temblorosa.
—Espero que no crean que estoy acobardado —dijo—. Pero no soy un asesino chapado a la antigua como ustedes. Esta masacre en puerta me provoca una reacción.
—¿Qué reacción ni qué niño muerto —dije—. Estás cagado de miedo. ¡Pero nada de tonterías, eh! Si intentas montar un numerito de vodevil, destruiré lo que estos guerrilleros dejen de ti. Haces lo que te manden y nada más. Si se te ocurre alguna brillante idea, guárdatela para contármela después.
«¡Oh, mi conducta será de lo más ejemplar!», me aseguró.