hacer públicos los fotogramas de Dios sabe cuántas otras mujeres. Tendremos que airear cosas que pondrán a la señorita Banbrock —y no se sabe a cuántas otras mujeres y niñas— en una situación de la que al menos dos mujeres se han quitado la vida para escapar.
Pat me frunció el ceño y se frotó la barbilla sucia con un pulgar aún más sucio.
Tomé una profunda respiración y jugué mi carta.
—Pat, tú y yo vinimos aquí a interrogar a Raymond Elwood, tras haberle seguido la pista hasta este lugar. Quizás sospechábamos que estaba metido con la mafia que atracó el banco de San Luis el mes pasado. Quizás sospechábamos que traficaba con el botín que sacaron de los vagones postales en aquel asalto cerca de Denver la antepenúltima semana. Como sea, íbamos tras él sabiendo que tenía un montón de dinero salido de la nada y una oficina inmobiliaria que no hacía ningún negocio inmobiliario.
“Vine aquí para interrogarlo en relación con uno de esos trabajos que he mencionado. Fuimos atacados por un par de negros arriba cuando descubrieron que éramos detectives. El resto surgió de eso. Este asunto del culto religioso fue solo algo con lo que nos topamos y no nos interesaba especialmente.
Hasta donde sabíamos, toda esta gente nos atacó simplemente por amistad hacia el hombre al que intentábamos interrogar. Hador era uno de ellos y, en un forcejeo contigo, le disparaste con su propia pistola que, por supuesto, es la que la señorita Banbrock encontró en la caja fuerte”.
A Reddy no pareció gustarle mi sugerencia en absoluto. Los ojos con los que me miró eran decididamente agrios.
—Estás chiflado —me acusó—. ¿De qué le va a servir eso a alguien? Eso no va a sacar a la señorita Banbrock del asunto. Ella está aquí, ¿verdad?, y