Primero le enseñé el filipino a O’Gar, y luego a las dos mujeres. No encontramos más. El trabajo de detalle nos ocupó a todos —a O’Gar, a los ocho hombres a sus órdenes y a mí— durante las horas siguientes. Hubo que registrar la casa del tejado al sótano. Hubo que interrogar a los vecinos. Hubo que examinar las agencias de empleo a través de las cuales se había contratado a los criados. Hubo que rastrear e interrogar a familiares y amigos del filipino y de la criada. Hubo que encontrar, interrogar y, cuando fuera necesario, investigar a los repartidores de periódicos, carteros, repartidores de comestibles y tintoreros.
Cuando la mayor parte de los informes hubieron llegado, O’Gar y yo nos escabullimos de los demás—especialmente de los periodistas, que ya andaban por todas partes— y nos encerramos con llave en la biblioteca.
—¿La antevíspera, eh? ¿El miércoles por la noche? —gruñó O’Gar cuando nos acomodamos en un par de sillones de cuero, quemando tabaco.
Asentí. El informe del médico que había examinado los cuerpos, la presencia de los dos periódicos en el vestíbulo y el hecho de que ni el vecino, ni el tendero, ni el carnicero hubiesen visto a ninguno de ellos desde el miércoles, se combinaban para hacer de la noche del miércoles —o la madrugada del jueves— la fecha correcta.
—Diría que el asesino forzó la puerta trasera —siguió O’Gar, mirando al techo a través del humo—, cogió el cuchillo de trinchar en la cocina y subió. Tal vez fue directo a la habitación de la señora Ashcraft, o tal vez no. Pero al poco rato entró allí. La manga desgarrada y los arañazos en su cara significan que hubo un forcejeo. El filipino y la criada oyeron el ruido —tal vez la oyeron gritar— y corrieron a su habitación para ver qué pasaba. Lo más probable es que la criada llegara justo cuando el asesino salía y se llevó lo suyo. Supongo que el filipino lo vio entonces y echó a correr. El asesino lo alcanzó al principio de la escalera trasera y lo liquidó. Luego bajó a la cocina, se lavó las manos, soltó el cuchillo y se largó.