Saludos y Gran Amor al Descubridor de Secretos:
Aquel cuyo fervor patriótico e innata estupidez se combinaron para cegarle, de modo que rompió una valiosa herramienta, confía en que los caprichos del tráfico mundano no vuelvan a poner jamás sus débiles entendederas en oposición a la irresistible voluntad y al deslumbrante intelecto del Emperador de los Desenredadores.
Puedes tomarlo como quieras. Pero conozco al hombre que lo escribió, y no me importa admitir que he dejado de comer en restaurantes chinos, y que si no vuelvo a visitar el Barrio Chino en lo que me queda de vida, será demasiado pronto.