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nydus/Continental Op StoriesPublic
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IV

Tijuana no había cambiado mucho en los dos años que había estado fuera. Seguían siendo los mismos seiscientos o setecientos pies de calle polvorienta y desaliñada que se extendían entre dos hileras casi continuas de cantinas —tal vez treinta y cinco por hilera—, con calles laterales más sucias que acogían los antros que no habían encontrado sitio en la calle principal.

El automóvil que me había bajado desde San Diego me dejó en el centro del pueblo a primera hora de la tarde, y los negocios del día apenas estaban comenzando. Es decir, solo había dos o tres borrachos deambulando entre los perros y los mexicanos holgazanes en la calle, aunque ya se advertía un ir y venir de futuros borrachos que se trasladaban de una cantina a la siguiente. Pero esto no se parecía en nada a la multitud que habría allí la semana siguiente, cuando comenzaran las carreras de la temporada.

En medio de la siguiente manzana vi una gran herradura dorada. Bajé por la calle y entré en el saloon que había detrás del cartel.

Era una muestra aceptable del figón local. Una barra a la izquierda según entrabas, que abarcaba la mitad de la longitud del edificio, con tres o cuatro máquinas tragaperras en un extremo.

Frente a la barra, contra la pared de la derecha, una pista de baile que se extendía desde la pared delantera hasta una tarima elevada, donde una orquesta grasienta se disponía ahora a entrar en acción.

Detrás de la orquesta había una hilera de puestos o reservados bajos, con la parte delantera abierta y una mesa con dos bancos cada uno. Enfrente de ellos, en el espacio situado entre la barra y el fondo del edificio, un hombre con labio leporino estaba sacando bolas de un bombo de keno.

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