Se acercó a mí y me metió la culata de una pistola en la mano.
—Escóndelo —siseó, y, cuando me hube guardado aquel, me dio otro, sacándolos con su mano libre de debajo del abrigo.
Luego me enseñó el botín de verdad. Todavía estaba en las cajas y bolsas en las que lo habían sacado de los bancos. Se empeñó en abrir algunas para enseñarme el dinero: fajos verdes ceñidos con las fajas amarillas del banco. Las cajas y bolsas estaban amontonadas en una pequeña celda de ladrillo provista de una puerta con candado, cuya llave tenía él.
Cerró la puerta cuando terminamos de mirar, pero no la echó con llave, y me condujo de regreso parte del camino por el que habíamos venido.
“Eso, como ve, es el dinero”, dijo.
“Ahora le toca a eso. Se quedará aquí, escondido detrás de estas cajas”.
Un tabique dividía el sótano en dos mitades. Tenía una abertura que hacía las veces de puerta, pero sin puerta. El lugar donde el viejo me había dicho que me ocultara estaba muy cerca de esta abertura, entre el tabique y cuatro cajas de embalaje.
Escondido allí, yo quedaría a la derecha y un poco detrás de cualquiera que bajara las escaleras y caminara por el sótano hacia la celda que guardaba el dinero. Es decir, estaría en esa posición cuando se dispusieran a cruzar la abertura del tabique.
El viejo hurgaba debajo de una de las cajas. Sacó un trozo de tubo de plomo de dieciocho pulgadas metido en un trozo equivalente de manguera de jardín negra. Me dio esto mientras me lo explicaba todo.
“Vendrán aquí abajo de uno en uno. Cuando estén a punto de cruzar esta puerta, sabrás qué hacer con esto. Y entonces los tendrás tú, y yo tendré tu promesa. ¿No es así?”