Una hora más tarde desmontábamos frente al Palacio de la Frontera y entrábamos.
Un cuerpo largo, delgado y envuelto en mantas yacía sobre dos mesas que habían sido juntadas.
La mitad de los ciudadanos de Corkscrew estaba allí.
Detrás de la barra, el rostro golpeado de Chick Orr se asomaba, duro y vigilante.
Gyp Rainey estaba sentado en un rincón, liando un cigarrillo con dedos temblorosos que esparcían migajas de tabaco por el suelo.
A su lado, sin prestar atención a nada, sin siquiera levantar la vista ante nuestra llegada, se sentaba Mark Nisbet.
—¡Por Dios, qué alegría me da verte! —me decía Bardell, con la cara gorda no tan roja como la había tenido el día anterior—. ¡Esto de que anden matando hombres en la puerta de mi casa tiene que terminar, y tú eres el hombre indicado para acabarlo!
Noté que los hombres del Circle H.A.R. no me habían seguido hasta el centro de la sala, sino que se habían detenido en un semicírculo disperso justo al lado de la puerta que daba a la calle.
Levanté una punta de la manta y miré al muerto. Tenía un pequeño agujero en la frente, sobre el ojo derecho.
—¿Lo ha visto un médico? —pregunté.