Era una muchacha pobre, enferma, solitaria y nostálgica, muy lejos de su mundo. Se emborrachaba con alcohol, recordaba a sus padres muertos, tristes fragmentos de su infancia y desdichados episodios de su pasado, y lloraba por todo ello. Me confió todas sus esperanzas y temores —incluido su afecto por Milk River, que era un buen muchacho, aunque jamás hubiera estado a menos de dos mil millas de la Calle 42 y Broadway—.
La conversación siempre volvía a lo mismo: Nueva York, Nueva York, Nueva York.
Eran cerca de las cuatro de la madrugada del jueves cuando el güisqui por fin respondió a mis plegarias, y ella se quedó dormida en mi hombro.
La tomé en brazos y la llevé por el pasillo hasta su propia habitación. Justo cuando llegaba a su puerta, la gorda señora Bardell subió las escaleras.
—Más trabajo para el sheriff —comentó jovialmente, y siguió su camino.
Le quité las zapatillas, la arropé en la cama, abrí la ventana y salí, cerrando la puerta con llave detrás de mí y tirando la llave por encima del dintel.
Después de eso, dormí.