—¿Puedo hablar a solas con Austin? —preguntó—. No me refiero a fuera de su vista.
El sargento detective se rascó la cabeza y me miró.
Permitir que las víctimas se reúnan a debatir siempre es un asunto peliagudo: puede que decidan cantar la Traviata, o bien que se inventen otra coartada. Por otra parte, si no se lo permites, lo más probable es que se pongan tozudas y no consigas sacarles nada. Un camino era tan arriesgado como el otro.
Sonreí ante O’Gar y me negué a hacer sugerencias. Podía decidir por sí mismo y, si se equivocaba, le echaría la culpa a él. Me frunció el ceño y luego le hizo un gesto afirmativo a la mujer.
—Pueden irse a ese rincón y cuchichear durante un par de minutos —dijo—, pero sin tonterías.
Ella le dio a Richter el bastón de nogal, lo tomó del otro brazo, lo ayudó a caminar cojeando hasta un rincón alejado y le arrastró una silla hasta allí.
Él se sentó dándonos la espalda. Ella se paró detrás de él, inclinándose sobre su hombro, de modo que ambos rostros quedaron ocultos a nuestra vista.
O’Gar se acercó más a mí.
—¿Qué te parece? —murmuró él.
“Creo que saldrán adelante”.
—Ese comentario tuyo sobre ser la esposa de Molloy dio en el clavo. A mí se me pasó por alto. ¿Cómo se te ocurrió?