En mitad del suelo, una de las chicas de Larrouy se puso a cantar «Dime lo que quieres y te diré lo que obtienes».
Paddy el Mex inclinó una botella de ginebra sobre los vasos de ginger-ale que el camarero había traído. Bebimos y le di a Paddy un trozo de papel con un nombre y una dirección escritos a lápiz.
—Itchy Maker me pidió que te entregara esto —expliqué—. Lo vi ayer en la cárcel de Folsom. Dice que es su madre y quiere que la visites para ver si necesita algo. Lo que quiere decir, supongo, es que le des su parte del último golpe que dieron tú y él.
—Me has herido los sentimientos —dijo Paddy, guardándose el papel en el bolsillo y sacando la ginebra otra vez.
Me bebí el segundo ginebra con ginger-ale y junté los pies, preparándome para levantarme y trotar a casa. En ese momento, cuatro de los clientes de Larrouy entraron de la calle. Reconocer a uno de ellos me mantuvo en la silla. Era alto, esbelto y elegante con lo que debe vestir el hombre bien vestido. De ojos avizores, rostro afilado, con labios finos como filos de cuchillo bajo un pequeño bigote puntiagudo: Bluepoint Vance. Me preguntaba qué estaría haciendo a tres mil millas de sus cazaderos de Nueva York.
Mientras me devanaba los sesos, le di la nuca, fingiendo interés en la cantante, que ahora les regalaba a los clientes «Quiero ser un pordiosero». Más allá, al fondo en un rincón, distinguí otra cara conocida que pertenecía a otra ciudad: Happy Jim Hacker, pistolero de Detroit, redondo y sonrosado, dos veces condenado a muerte y dos veces indultado.
Cuando volví a mirar hacia el frente, Bluepoint Vance y sus tres compañeros se habían detenido a dos mesas de distancia. Él nos daba la espalda. Evalué a sus compañeros de juego.