libre, así que se lo pedí prestado. Luego preparé mi pistola y me senté a esperar a mi soplón.
Toca el timbre a las once.
Entró frunciendo enormemente el ceño.
—No sé qué diablos pensar de esto, muchacho —dijo con ínfulas de importancia mientras liaba un cigarrillo—.
—Algo se está tramando ahí abajo, eso es seguro. Las cosas no han estado nada tranquilas desde que los ponjas empezaron a comprar provisiones en las calles de los chinos, y a lo mejor eso tiene algo que ver. ¡Pero no hay chinos extraños en el pueblo, ni uno solo, carajo!
Tengo el pálpito de que tus hombres se han bajado a L.A., pero cuento con saberlo con certeza esta noche. He apalabrado a un chino para que consiga la información; si fuera tú, pondría bajo vigilancia los barcos en San Pedro. A lo mejor esos tipos intercambian papeles con un par de marineros chinos a los que les gustaría quedarse aquí.
“¿Y no hay forasteros en el pueblo?”
“Ninguno.”
—Estúpido —dije con amargura—, eres un mentiroso, y un zoquete, y te he estado tomando el pelo como a un tonto. ¡Tú estabas metido en ese asesinato, y también tus amigos, y voy a meterte en chirona, y a tus amigos encima de ti!
Puse mi pistola a la vista, cerca de su cara de gris asustado.
“¡Quédate quieto mientras hago mis llamadas!”
Alargando la mano libre hacia el teléfono, no le quitaba un ojo de encima al Maniquí.