—¿Has pillado eso? —pregunté—. ¡Aquí hay ciento cincuenta pistoleros, divididos en grupos bajo las órdenes de jefes de grupo, con mapas y horarios que indican lo que cada hombre debe hacer, que muestran la boca de riego tras la que debe arrodillarse, el ladrillo sobre el que debe pararse, dónde debe escupir; ¡todo excepto el nombre y la dirección del policía al que debe disparar! Menos mal que Beno no pudo darme los detalles; ¡lo habría descartado como el sueño de un grifo!
—Muy interesante —dijo el Viejo, sonriendo con placidez.
—El horario de The Fat Boy fue el único horario que encontramos —continué con mi relato—. Vi a unos cuantos amigos entre los muertos y capturados, y la policía todavía está identificando a otros. Algunos son talento local, pero la mayoría parece ser mercancía importada. Detroit, Chi, Nueva York, San Luis, Denver, Portland, Los Ángeles, Filadelfia, Baltimore: todos parecen haber enviado delegados. Tan pronto como la policía termine de identificarlos, haré una lista.
“De los que no fueron atrapados, Bluepoint Vance parece ser el mandamás. Estaba en el auto que dirigía las operaciones. No sé quién más estaba allí con él.
El Niño Temblón participó en las festividades, y creo que Alphabet Shorty McCoy, aunque no pude verle bien la cara.
El sargento Bender me dijo que vio a Toots Salda y a Darby M’Laughlin entre la muchedumbre, y Morgan vio al Chaval del Todo-un-poco. Esa es una buena muestra representativa del panorama: pistoleros, estafadores, contrabandistas de todas partes de Rand-McNally.
“La Sala de Justicia ha sido un matadero toda la tarde. La policía no ha matado a ninguno de sus invitados —al menos que yo sepa—, pero sin duda les están haciendo ver la luz. Los periodistas que son tan dados a sollozar por eso que llaman el tercer grado deberían estar ahí abajo ahora mismo.