«Así que —pensé—, ¡mi candidato gordo ha perdido! Bueno, para él el pelotón de fusilamiento. Yo me largo por la puerta trasera». Mi mano llevaba mucho tiempo empuñando la pistola en el bolsillo del abrigo. La mantuve ahí mientras retrocedía un paso lento, arrastrando conmigo a la
—Muévete cuando te lo diga —murmuré.
—¡Espera! —exclamó jadeante—. ¡Mira!
El gigante gordo, con los ojos más somnolientos que nunca, tendió una pata enorme y atrapó la muñeca de la mano con la que Einarson señalaba. Tiró de Einarson hacia abajo. Soltó la muñeca y atrapó el hombro del coronel. Lo levantó del suelo con esa sola mano que le sujetaba el hombro. Lo sacudió hacia los soldados de abajo. Sacudió a Einarson hacia ellos con una mano. Sacudió su trozo de papel —fuera lo que fuese— hacia ellos con la otra. ¡Y que me aspen si lo uno parecía requerir más esfuerzo para sus brazos monstruosos que lo otro!
Mientras los sacudía —al hombre y al papel—, rugió con somnolencia, y cuando hubo terminado de rugir, arrojó sus dos puñados hacia las filas de ojos desorbitados. Los arrojó con un gesto que decía: «Aquí está el hombre y aquí están las pruebas en su contra. Hagan lo que quieran».
Y los soldados que se habían acobardado volviendo a las filas a la orden de Einarson, cuando este se erguía imponente y dominante sobre ellos, hicieron lo que cabía esperar cuando se lo arrojaron.
Lo despedazaron—literalmente—pedazo a pedazo. Soltaron sus armas y se batieron por llegar hasta él. Los que estaban más lejos treparon sobre los que estaban más cerca, asfixiándolos, atropellándolos. Se agitaban de un lado a otro frente a los escalones, una jauría de hombres enloquecidos