los dados, el chuck-a-luck, las ruedas de la fortuna, la ruleta y el veintiuno con el dinero que el hipódromo les hubiera dejado o regalado. Yo no probé suerte en ninguno de los juegos. Mi tiempo de diversión había terminado. Puse a caminar entre la multitud en busca de mis hombres.
Divisé el primero: un hombre quemado por el sol que a las claras era un peón de granja con sus ropas de domingo. Se abría paso hacia la puerta, y su rostro ostentaba esa vaciedad peculiar que pertenece al apostador que se ha arruinado antes del final de la partida. Es una mirada de pesar no tanto por la pérdida del dinero como por la necesidad de retirarse.
Me interpuse entre el peón y la puerta.
—¿Limpiarte? —pregunté con simpatía cuando llegó hasta mí.
Un asentimiento un tanto avergonzado.
—¿Qué te parecería ganar cinco pavos por unos minutos de trabajo? —lo tenté.
A él le