había ido a llamar a la puerta trasera. Eso no era difícil de explicar. La puerta delantera estaba cerrada con llave, pero la trasera —como en la mayoría de los edificios grandes— probablemente estaba abierta todo el día. A menos que el muchacho se topara con un conserje o alguien por el estilo, podía entrar sin ningún problema. La llamada del muchacho era furtiva, estuviera su anfitrión en casa o no.
No sabía de qué trataba todo aquello, pero eso no me molestaba especialmente. Mi problema inmediato era llegar al mejor sitio desde donde recoger al Chaval cuando saliera.
Si salía por la puerta trasera, la siguiente manzana de la calle Redwood —entre Franklin y Gough— era el lugar indicado para mí y mi cupé. Pero no me había prometido que saldría por ahí. Lo más probable era que usara la puerta principal. Llamaría menos la atención saliendo audazmente por la fachada del edificio que escabulléndose por atrás. Mi mejor opción era la esquina de McAllister y Van Ness. Desde allí podía vigilar la puerta principal y también uno de los extremos de la calle Redwood.