Lionel Grantham se sentó en el borde de su silla plegable, mirando al soldado con ojos de mirada enloquecida.
Le ofrecí un cigarrillo al muchacho, haciendo que encenderlo y encender el mío fuera una operación innecesariamente complicada, con el fin de interrumpir su cuenta. Había estado contando los golpes, y eso no le hacía ningún bien.
El látigo se curvó hacia arriba, siseó hacia abajo, chasqueó en la espalda desnuda: arriba, abajo, arriba, abajo. El rostro encendido de Einarson adquirió el brillo húmedo de un ejercicio moderado. El rostro gris del soldado era un pedazo de masilla. Nos miraba a Grantham y a mí. No podíamos ver las marcas del látigo.
Grantham se dijo algo a sí mismo en un susurro. Luego exhaló boqueando:
“¡No aguanto esto!”
Einarson no desvió la mirada de su trabajo.
“No lo pares ahora —murmuré—. Hemos llegado hasta aquí”.
El muchacho se levantó tambaleándose y fue hacia la ventana, la abrió y se quedó mirando hacia la noche lluviosa.
Einarson no le prestó atención. Ahora descargaba más fuerza en los latigazos, de pie con los pies muy separados, inclinándose un poco hacia adelante, la mano izquierda en la jaba y la derecha blandiendo el látigo arriba y abajo con creciente rapidez.
El soldado se tambaleó y un sollozo sacudió su peludo pecho. El látigo azotaba—azotaba—azotaba. Miré mi reloj. Einarson llevaba cuarenta minutos en ello, y parecía dispuesto a seguir durante el resto de la noche.