lo demás irá saliendo como hilo de un carretel.
“Pero la señorita Banbrock no estaba aquí —expliqué—. Tal vez la planta alta esté llena de maderos a estas alturas. Tal vez no. De todos modos, vas a sacar a la señorita Banbrock de aquí y se la vas a entregar a Dick Foley, quien la llevará a casa. Ella no tiene nada que ver con esta fiesta. Mañana ella, el abogado de su padre y yo iremos a Martinez para llegar a un acuerdo con el fiscal del condado de Contra Costa. Le demostraremos cómo se suicidó Ruth. Si a alguien se le ocurre relacionar al tal Elwood, que espero esté muerto allá arriba, con el Elwood que conocía a las chicas y a la señora Correll, ¿y qué? Si nos mantenemos fuera de los tribunales —como haremos al convencer a la gente de Contra Costa de que es imposible condenarla por el asesinato de su hermana—, nos mantendremos fuera de los periódicos y fuera de problemas”.
Pat vaciló, con el pulgar aún contra la barbilla.
—Recuerda —le urgí—, no es solo por la señorita Banbrock por quien hacemos esto. Es por un par de difuntos y una bandada de vivos que sin duda se enredaron con Hador por voluntad propia, pero que no por ello dejan de ser seres humanos.
Pat negó con la cabeza obstinadamente.
—Lo siento —le dije a la chica con una fingida desesperanza—. He hecho todo lo que he podido, pero es mucho pedir para Reddy. No sé si puedo culparlo por tener miedo de arriesgarse a...
Pat es irlandés.
—No te pongas tan maldita cabezota a saltar —me espetó, interrumpiendo mi hipocresía—. Pero ¿por qué tengo que ser yo el que le pego un tiro a este Hador? ¿Por qué no tú?
¡Lo tenía!