—Al ganso de gala: síguele la pista. Yo iré detrás de ti. No lo conozco, pero si se cargó a Beno por hablar conmigo anoche, él a mí sí. ¡Pégame a sus talones!
Jack se guardó los cerillos en el bolsillo y fue tras el muchacho. Le di una ventaja a Jack y luego lo seguí. Y entonces ocurrió algo interesante.
La calle estaba bastante llena de gente, en su mayoría hombres, algunos caminando, otros holgazaneando en las esquinas y frente a las refresquerías.
Cuando el joven armenio llegó a la esquina de un callejón donde había una luz, dos hombres se le acercaron y le hablaron, separándose un poco para que él quedara en medio de ambos.
El muchacho habría seguido caminando aparentemente sin prestarles atención, pero uno lo detuvo extendiendo un brazo frente a él.
El otro hombre sacó la mano derecha del bolsillo y la agitó frente al rostro del muchacho, de modo que los nudillos niquelados que llevaba puestos brillaron bajo la luz.
El muchacho se escurrió con rapidez bajo la mano amenazante y el brazo extendido, y siguió cruzando el callejón, caminando y sin siquiera mirar por encima del hombro a los dos hombres que ahora se le echaban encima por la espalda.
Justo antes de alcanzarlo, otro les salió al paso: un hombre de espalda ancha, brazos largos y físico simiesco al que yo no había visto antes. Sus zarpas de gorila se extendieron a la vez. Cada una atrapó a un hombre. De la nuca los arrancó de un tiron de la espalda del muchacho, los sacudió hasta que se les cayeron los sombreros, hizo chocar sus cráneos con un chasquido semejante al de un palo de escoba al romperse y arrastró sus cuerpos flácidos como trapos calle arriba, fuera de la vista. Mientras esto ocurría, el muchacho caminaba airosamente calle abajo, sin mirar atrás.