expresó.
—¿Cuánto sabes de Molloy?
—No gran cosa, me temo —retomó la respuesta Richter—. Le gustaba hablar de los lugares en los que había estado y de las cosas que había visto, pero no se le podía sacar una sola palabra sobre sus propios asuntos. Lo conocimos por primera vez en México, como les he dicho, en 1916. Después de que nos salvó allí abajo y nos sacó de apuros, no volvimos a verlo en casi cuatro años. Llamó al timbre una noche y entró por una hora o dos. Estaba de camino a China, dijo, y tenía muchos asuntos que atender antes de marcharse al día siguiente.
“Some months later I had a letter from him, from the Queen’s Hotel in Kandy, asking me to send him a list of the importers and exporters in San Francisco.
He wrote me a letter thanking me for the list, and I didn’t hear from him again until he came to San Francisco for a week, about a year later. That was in 1921, I think.