Su inglés no era gran cosa. Me perdí la mayor parte de lo que me soltó balbuceando, aunque pensé que «yung hel-lup» tal vez significaba «¿Me ayudas?».
Asentí, sosteniéndola por debajo de los codos cuando tropezó contra mí.
Me dio más vocabulario que no aclaró la situación en absoluto —a menos que «es-clav-i-ta» significara esclava y «lár-ga-te» significara lárgate.
—¿Quieres que te saque de aquí? —le pregunté.
Su cabeza, muy cerca de mi barbilla, subía y bajaba, y su boca, flor roja, esbozó una sonrisa que hacía que todas las demás sonrisas que recordaba parecieran muecas lascivas.
Ella siguió hablando. No saqué nada en limpio.
Sacando uno de sus codos de mi mano, se subió la manga, dejando al descubierto un antebrazo que un artista se hubiera pasado la vida esculpiendo en marfil. En él había cinco hematomas con forma de dedos que terminaban en cortes donde las uñas habían perforado la carne.
Dejó que la manga volviera a cubrirlo y me regaló más palabras. No significaban nada para mí, pero tintineaban con gracia.
—Está bien —dije, sacando el arma—. Si quieres ir, iremos.
Ambas manos fueron a parar al arma, empujándomela hacia abajo, y me habló con vehemencia a la cara, rematando con un gesto rápido de una mano a la altura del cuello: la pantomima de que se lo cortaban.
Negué con la cabeza de un lado a otro y la empujé hacia la puerta.
Se plantó, con el espanto muy abierto en los ojos.
Una de sus manos fue a parar al bolsillo de mi reloj. Dejé que lo sacara.