perdido. Había pocas posibilidades de escabullirme de ellos. Pero jugué mis cartas hasta el final. Les dije que había subido a mi habitación y había encontrado a este tipo en el suelo revisando mis pertenencias. Lo había agarrado y, en el forcejeo, le había disparado.
Los minutos pasaban como horas, y nadie me delataba. La gente me llamaba señor Ashcraft. Miplantación estaba teniendo éxito.
En aquel momento me dejaba sin aliento, pero después de saber más sobre Ashcraft ya no resultaba tan sorprendente. Había llegado al hotel esa misma tarde, y nadie lo había visto sino con el sombrero y el abrigo puestos, el sombrero y el abrigo que yo llevaba. Éramos de la misma estatura y complexión: los típicos ingleses rubios.
—Entonces me llevé otra sorpresa. Cuando el detective examinó la ropa del muerto, descubrió que le habían arrancado las etiquetas del sastre. Cuando pude echarle un vistazo a su diario, más tarde, hallé la explicación a aquello. Había estado jugando mentalmente a cara o cruz consigo mismo, alternando entre la determinación de matarse y la de cambiar de nombre y hacerse un nuevo hueco en el mundo, dejando atrás su antigua vida. Fue mientras sopesaba este segundo plan cuando había quitado las marcas de todas sus prendas.
“Pero yo no sabía eso mientras estaba allí de pie entre aquella gente. Todo lo que sabía era que estaban ocurriendo milagros. Fui al encuentro de los milagros a mitad de camino, sin inmutarme, aceptando todo con absoluta naturalidad. Creo que la policía sospechaba que algo andaba mal, pero no lograban echarle mano al asunto.
Ahí estaba el muerto en el suelo, con un equipo de merodeador en los bolsillos, los bolsillos llenos de joyas robadas y las etiquetas arrancadas de la ropa: un truco de ladrón. Y allí estaba yo, un adinerado inglés a quien el personal del hotel reconoció como el legítimo ocupante de la habitación.