Lechuga romana
Encontré las oficinas del ministro de Policía en el Edificio de la Administración, un sombrío bloque de hormigón junto a la Residencia Ejecutiva, al fondo de la plaza.
En un francés aún peor que mi alemán, un empleado flaco y de bigotes blancos, que parecía un Papá Noel tuberculoso, me dijo que Su Excelencia no se encontraba.
Poniéndome solemne, bajando la voz a un susurro, le repetí que venía de parte del encargado de negocios de los Estados Unidos. Este paripé pareció impresionar a San Nicolás. Asintió con aire de comprensión y salió de la habitación arrastrando los pies. Al poco rato volvió, haciendo reverencias en la puerta, y me pidió que lo siguiera.
Lo seguí por un pasillo tenue hasta una puerta ancha con el rótulo “15”. La abrió, me hizo una reverencia para que pasara, jadeó: “ Asseyez-vous, s’il vous plaît ”, cerró la puerta y me dejó solo.
Me encontraba en una oficina, grande y cuadrada. Todo en ella era grande.
- Las cuatro ventanas eran de tamaño doble.
- Las sillas eran bancos jóvenes, excepto la de cuero junto al escritorio, que bien podría haber sido la mitad trasera de un coche de turismo.
- Un par de hombres podrían haber dormido en el escritorio.
- Veinte habrían podido comer en la mesa.