No sé si Jacob Coplin era alto o bajo. Lo único que llegué a ver de él fue su cabeza redonda —curo cabelludo desnudo y rostro arrugado, ambos del color y la textura del papel Manila—, apoyada sobre blancos almohadones en una gran cama con dosel. El resto de su cuerpo estaba enterrado bajo un grueso montón de ropa de cama.
Aparte de él y de mí en la habitación aquella primera vez, estaban su esposa, una mujer regordeta con líneas en un rostro blanco y carnoso como arañazos en marfil; su hija Phyllis, una avispada judioncita del tipo de miembro popular del grupo de los jóvenes; y la doncella que me había abierto la puerta, una muchacha rubia y de huesos grandes con delantal y cofia.
Me había presentado como representante de la oficina de San Francisco de la North American Casualty Company, lo cual era cierto en cierto modo. No reportaba ningún beneficio inmediato admitir que era un sabueso de la Agencia de Detectives Continental, contratado en ese momento por la compañía de seguros, así que me guardé esa parte.
—Quiero una lista de las cosas que perdiste —le dije a Coplin—; pero antes...
“¿Cachivaches?” El cráneo amarillo en forma de esfera de Coplin se agitó sobre las almohadas, y le clamó al techo: “¡Cien mil dólares si llega a un centavo, y lo llama cachivaches!”.
La señora Coplin volvió a empujar la cabeza de su marido hacia las almohadas con una mano regordeta de dedos cortos.
—Ahora, Jakie, no te pongas nerviosho —lo calmó ella.