—Sherry —dije tajantemente—. Sherry.
No se movió. Sus párpados ni siquiera se movieron.
Levanté los dedos de la mano que le sostenía la cabeza, haciendo que esta se moviera apenas un ápice.
—¿Mató Ringgo a Kavalov? —le pregunté al hombre muerto o moribundo.
Aun si no hubiera sabido que Ringgo me estaba mirando, habría podido sentir sus ojos sobre mí.
—¿Lo hizo, Sherry? —le ladré a aquel rostro inmóvil.
El hombre muerto o moribundo no se movió.
Volví a mover los dedos con cautela para que su cabeza muerta o moribunda asintiera, dos veces.
Entonces le hice echar la cabeza hacia atrás, y la volví a apoyar suavemente en el suelo.
—Bien —dije, poniéndome de pie y enfrentando a Ringgo—, por fin te he atrapado.