- Un cheque por ochenta y cinco dólares a la orden de H. K. Clute el día quince del mes pasado; * uno «al portador» por tres cientos dólares el día veinte, y * otro del mismo tipo por cien dólares el día veinticinco. Ambos cheques fueron aparentemente cobrados aquí por ella. El día tres de este mes cerró su cuenta con un cheque a su propia orden por veintiún mil
—¿Y ese cheque?
“Fue cobrado aquí por ella.”
Encendí un cigarrillo y dejé que estas cifras revolotearan por mi cabeza. Ninguna de ellas —salvo las que estaban ligadas a las firmas de Pangburn y Axford— parecía serme de utilidad. El cheque de Clute —el único que la muchacha había extendido a favor de otra persona— casi con seguridad había sido para el pago del alquiler.
“Así es como ocurrieron las cosas”, resumí en voz alta.
- “El primero de mes, Pangburn depositó el cheque de Axford por veinte mil dólares.
- Al día siguiente le dio un cheque por esa cantidad a la señorita Delano, el cual ella depositó.
- Al día siguiente ella cerró su cuenta, llevándose entre veintiún y veintidós mil dólares en efectivo”.
—Exacto —dijo el cajero.