y Larkin en un blanco a medianoche para la mitad de la policía de San Francisco, pero al final los convencimos de que entraran en razón. Desenterramos la historia de los secuestros desde Ross hasta Parker y se la agitamos en las narices y les demostramos que las estadísticas estaban de nuestra parte: se obtenía más éxito y menos dolor de cabeza pagando lo que se pedía y saliendo a cazar después que intentando atrapar a los secuestradores antes de que el secuestrado fuera liberado.
A las once y media de esa noche Chappell salió de su casa, solo, con cinco dólares envueltos en una hoja de papel de estraza en el bolsillo.
A las doce y veinte regresó.
Su rostro era amarillento y estaba mojado de sudor, y temblaba.
—Lo puse ahí —dijo con dificultad—. No vi a nadie.
Serví